La música, para mí, comienza con un impulso simple: el deseo de emocionar. No de impresionar, no de demostrar dominio técnico, sino de llegar a otra persona a través del sonido. Todo lo demás —las estructuras formales, el lenguaje armónico, la orquestación— existe al servicio de ese impulso.
Mi música se sitúa entre la tradición y lo contemporáneo. Trabajo con estructuras formales claramente discernibles: motivos, frases, temas, secciones. El contraste y la variedad son mis herramientas expresivas principales. El resultado es un lenguaje que algunos han llamado "accesible", aunque la accesibilidad nunca fue un objetivo consciente. Simplemente escribo lo que yo mismo quisiera escuchar. Lo que emerge, emerge; sin filtrarlo a través de ideologías estéticas.
Me inspira la literatura por encima de todo: Shakespeare, Verne, Poe, Wells, Ovidio. La poesía de César Vallejo. El folclore, los mitos y las leyendas; la naturaleza, la espiritualidad, la historia y las vivencias propias. Estas son las corrientes que corren bajo la música; raramente visibles en la superficie, pero siempre presentes en los cimientos.
Mi trabajo en el cine es una disciplina distinta: allí me pongo al servicio de la visión del director, escuchando con atención y traduciendo en sonido lo que necesita. En la música de concierto, el proceso se invierte por completo. Cuando alguien me encarga una obra, asumo que conoce cómo suena mi música y que precisamente por eso me ha buscado.
Como docente, no me guardo nada. Comparto mis propias obras con mis alumnos y les explico en detalle cómo fueron hechas: las decisiones, las dudas, las soluciones. No impongo mi estética a la suya. Mi ambición más profunda como maestro no es transmitir técnica, sino pasión: que cada alumno regrese a casa con ganas de despertar al día siguiente y componer.